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 San Francisco Javier, Patrono de las misiones (1506 -1552)

 www.sanfranciscojavier.com


San Ignacio de Loyola (1491-1556)

 

San Ignacio nació en 1491 la Casa Torre de Loyola Azpeitia, Guipúzcoa. Un año antes de la conquista de Granada por los Reyes Católicos, y del descubrimiento de América.

Fue bautizado con el nombre de Iñigo, tomado de San Enecón (Innicus),  el nombre Ignacio lo asumió posteriormente, mientras residía en Roma.

Ignacio es el hijo menor de los trece que tuvieron Don Beltrán Yánez de Óñez y Loyola y Doña Marina Sáenz de Licona y Balda, familia de nobleza menor.

La piedra de armas de Loyola, colocada sobre la puerta de la casa natal, muestra una olla colgada de los llares y flanqueada de dos lobos rampantes. En tiempos de Iñigo, el linaje y las armas eran dobles: las armas de Oñaz (siete bandas rojas o de gules sobre campo de oro) y las armas de Loyola (la olla colgada de los llares, y los lobos rampantes, sobre campo de plata).

A temprana edad recibió la tonsura eclesiástica, sin que se sepa el por qué y cuándo fue relevado de las obligaciones inherentes a la misma.

Cuando tenía unos 17 años fue enviado a la casa del Contador Mayor de Hacienda de Castilla, Juan Velásquez de Cuéllar, en Arévalo (Ávila), para abrirse camino en la Corte iniciándose en los secretos de la administración pública y en la carrera de las armas.

 Como miembro de su séquito, probablemente, asistió a la corte en algunas ocasiones, pero nunca fue paje de los Reyes Católicos. Ésta fue quizás la época de su vida de mayor dispersión y laxitud. Se preocupaba bastante por el arreglo de su cabello y su ropa, bastante ostentosa, y le consumía el deseo de ganar gloria. Aparentemente, en algunas ocasiones, estuvo involucrado en algunos secretos amoríos, para los cuales éstos jóvenes cortesanos se creían autorizados.

Bien dotado física e intelectualmente, el joven Ignacio se entregó a todos los ejercicios de las armas, buscando aventajarse sobre todos sus iguales y alcanzar renombre de hombre valiente, honor y gloria militar. O, como él mismo dice con humildad, “hasta los 26 años fue un hombre dado a las vanidades del mundo, y principalmente se deleitaba en el ejercicio de las armas y en el vano deseo de ganar honra”.

En 1516, cuando Iñigo tenía ya 25 años, su huésped y protector cayó en desgracia de Carlos I de España, fue desposeído de su cargo y de la tenencia del Palacio Real de Arévalo en que hospedaba a Iñigo, y poco después murió.

Su viuda, no pudiendo dejar a Iñigo acomodado, lo presentó a su pariente, el Duque de Nájera, que era Virrey de Navarra, junto al cual Iñigo se asentó como gentilhombre de corte, siguiendo la carrera de armas.

En 1521, a la edad de 30 años, se produjo el gran cambio en su vida. Ignacio, consciente de los grandes hechos de sus hermanos en Nápoles, y avergonzado de su ociosidad había ya participado en algunas campañas con el Virrey de Navarra. Así, fue enviado en socorro de Pamplona, asediada por los franceses. La desproporción de fuerzas era aplastante a favor de los francese, pero Ignacio no quiso la capitulación y convenció a los suyos de resistir hasta el final.  En la batalla, una bala de cañón, pasando por entre las piernas de Ignacio, le hirió malamente la izquierda y le rompió la derecha debajo de la rodilla; era el 20 de mayo de 1521, Lunes de Pentecostés.
 

 
Ignacio herido llega a su casa natal en litera.


Caído Ignacio, se desalentaron los defensores de la fortaleza, rindiéndola al poco tiempo al enemigo. Éste trató con toda cortesía al herido: admirados con el coraje del español, permitieron que fuese llevado en litera hasta el castillo de sus padres.
Los huesos habían comenzado a soldarse de modo defectuoso, por lo que su pierna tuvo que ser nuevamente quebrada y reacomodada. Luego se le serró una protuberancia del hueso, quedándole este miembro más corto y contrahecho que el otro, debido a un mal reacomodo del mismo. El dolor y la debilidad que siguieron a estos sufrimientos, soportados por Ignacio con paciencia, fueron tan grandes que estuvo en trance de muerte. Sin embargo, en la víspera de San Pedro y San Pablo, la fiebre lo dejó y las cosas mejoraron.

Hasta ese momento, Ignacio había mostrado las virtudes propias de un oficial español. Los peligros y sufrimientos hicieron, indudablemente, mucho por purificar su alma, pero todavía no había tomado ninguna decisión acerca de reformar su vida y dirigirla hacia un ideal más elevado.

Para poder distraerse durante su convalecencia, pidió que le trajeran libros de caballerías, su lectura favorita, pero como no los había en el castillo, le ofrecieron la vida de Cristo, y un tomo de las Vidas de los santos, que leyó con el mismo espíritu competitivo con el que leía las hazañas de los caballeros y guerreros. "Me imaginaba que debía competir con tal santo en ayunos, con este otro en la paciencia, con aquel en peregrinaciones".

Después de estas lecturas, alejó su mente de las aventuras de caballería, y de llamar la atención de bellas damas. La idea de competir con los santos lo fortalecía y dejaba lleno de alegría y paz. Enseguida consideró que a diferencia de las primeras que le venían del mundo, estas otras provenían de Dios. Finalmente, los pensamientos mundanos empezaron a perder fuerza, mientras que los celestiales crecieron de manera más clara y estimada. Una noche, estando aún despierto, mientras ponderaba acerca de estas nuevas luces, "vio claramente", así lo dice su autobiografía, "la imagen de la Virgen Santísima con el Niño Jesús", a quienes vio durante un tiempo largo, sintiendo una tranquilizante dulzura, la cual obró en su ser un cambio radical, sintió un gran aborrecimiento por sus pecados, y lo purificó totalmente de todo afecto deshonesto, especialmente, de la carne, nunca más consintiendo ni el más mínimo pensamiento carnal. Su conversión estaba ahora completa. Todos notaron que sólo hablaba de cosas espirituales, por lo que incluso su hermano mayor le pidió que no tomara ninguna resolución precipitada o extrema, la cual pudiera comprometer el honor de la familia.


Ignacio inicia entonces su peregrinación a Aránzazu y Montserrat (1522). Su primer propósito fue el de hacer una confesión general en el famoso santuario de Montserrat, donde, después de tres días de examinarse y tomar conciencia de sus pecados, se confesó, dio a un pobre la preciosa ropa que llevaba puesta, y se vistió una túnica talar o saco tosco que le llegaba hasta los pies.

Veló armas para hacerse "caballero" de Cristo, colgando su espada y su daga en el altar de la Santísima Virgen, velándolas durante toda la noche.

La mañana siguiente, fiesta de la Anunciación del año 1522, abandonó el santuario después de comulgar sin saber a donde ir. Al poco, se encontró con una buena mujer, Inés Pascual, quien le mostró una caverna cerca del cercano pueblo de Manresa en donde podría retirarse para dedicarse a la oración, a la penitencia, y a la contemplación, manteniéndose de limosnas.

Allí, en lugar de obtener una mayor paz, se vio asaltado por los más crueles escrúpulos. ¿Habré confesado bien ese pecado? ¿Habré omitido alguna circunstancia? Sintió una violenta tentación de acabar con su vida por medio del suicidio, como un medio para acabar con su desdicha e hizo el propósito de no comer ni beber nada (mientras no se pusiese en peligro su vida) hasta que Dios no le concediese la paz deseada; su confesor, al final de la semana, le ordenó que acabara con eso.


 

Representación de Ignacio en su retiro en la cueva de Manresa


Con la ayuda de Dios, triunfó de todos estos obstáculos, y empezaron a llover sobre él con gran abundancia los dones espirituales, y las visiones. En intensos meses de reflexión y penitencia, ayudado por el Espíritu, culminó en la pobre cueva de Manresa lo que iba a ser su mejor aportación a la vida interior de la Iglesia: los cimientos del libro de “Los Ejercicios Espirituales”.

Le afligió después una grave enfermedad, en la que sus amigos velaron por él en un hospital público; muchos se sentían atraídos por él, y él recompensaba sus amables cuidados enseñándoles a rezar e instruyéndoles en cosas espirituales.

Habiendo recuperado la salud, y con la experiencia suficiente para guiarse en su nueva vida, en abril de 1523 comenzó su tan querida peregrinación a Tierra Santa, que por entonces estaba bajo el dominio de Solimán II el Magnífico. Desde el principio veía esta peregrinación como la antesala de una vida de grandes penitencias; aunque también la consideraba una escuela en la que podía aprender con claridad la vida de Cristo y conformarse con perfección a ella.

El viaje tuvo tantas dificultades y pesares como Ignacio deseaba. La pobreza, las enfermedades, el clima, las fatigas, el hambre, los peligros de naufragio y captura, la prisión, los reveses, y las contradicciones eran pan de cada día. Los franciscanos encargados de la custodia de los santos lugares le obligaron, bajo pena de pecado, a abandonarlos. Ignacio les pidió que le explicaran con qué derecho se ponían trabas a un peregrino como él, y los frailes alegaron a que lo hacían para evitar los muchos problemas que ocurrían para poder rescatar a los prisioneros cristianos, mostrándole unas Bulas pontificias en las que se les autorizaba para tomar aquella medida. Se sometió Ignacio a tal resolución sin querer ni siquiera ver dichas Bulas, y tomo el camino de regreso hacia Barcelona, a pesar que esto significaba cambiar completamente sus planes. Llegó a esta ciudad aproximadamente en marzo de 1524.

Finalmente, decidió emprender los estudios, a fin de hacerse más apto para ayudar a otros y prepararse para el sacerdocio. A los estudios les dedicó once años. En Barcelona, estudió con los muchachos de la escuela, y en 1526, había ya hecho los progresos necesarios para empezar a cursar filosofía, para lo cual partió a la Universidad de Alcalá. Aquí tuvo varios problemas, sufrió incomprensión y persecuciones y a finales de 1527, ingresó en la Universidad de Salamanca, en donde sus problemas continuaron. A causa de su prédica y reunión con discípulos, como aún era lego, peligroso en aquella época de novedades malsanas y herejías, fue denunciado a la Inquisición y encarcelado hasta que su inocencia fue reconocida. Los trabajos que Ignacio hizo en beneficio de otros, le trajeron muchos problemas. En Barcelona con un compañero ya habían sido golpeados hasta quedar él sin sentido, y su compañero hasta morir, a causa de un fuerte cambio de palabras tras la negativa a permitirles el ingreso a un convento que él había reformado. En Alcalá, Figueroa, un imprudente inquisidor, lo atormentó constantemente, hasta llegar en una ocasión, actuando de forma individual, a encarcelarlo durante dos meses. Esto lo llevó a marcharse a Salamanca, en donde le fue peor todavía, pues fue encerrado en la prisión pública, siendo encadenado al pie de su compañero Calixto. Esta situación sólo sacó a Ignacio estas palabras: "no existen suficientes grilletes ni cadenas en Salamanca como las que desearía por amor a Dios".

En junio de 1528 se dirige por fin a París, en cuya universidad, La Sorbona, con gran disposición, repitió el curso de artes, obteniendo el grado de Magister Artium el 14 de marzo de 1535.

Entretanto, había dado comienzo al estudio de la teología, licenciándose en 1534; el doctorado nunca lo siguió, pues su salud lo obligó a abandonar París en marzo de 1535. Si bien Ignacio, a pesar de sus esfuerzos, no adquirió una gran erudición, adquirió durante esta época, muchas ventajas prácticas. Luego, para poder hablar con conocimiento e información debida al sostener sus ideas ante los eruditos, y poder tratar con otros más sabios que él, se convirtió en un especialista en educación, aprendiendo por experiencia como la vida de oración y las penitencias podían combinarse con la enseñanza y el estudio, una adquisición inestimable para el futuro fundador de la Compañía de Jesús.

En París sus dificultades fueron también variadas: pobreza, peste, un castigo universitario, en el que fue sentenciado a ser azotado públicamente, requerido por la Inquisición, etc. En una ocasión en la que fue cuestionado por los inquisidores, al pedir  Ignacio una rápida solución, el Inquisidor Ori le dijo que los procedimientos quedaban suprimidos. Hubo cierta progresión en la forma en que Ignacio trató las imputaciones en su contra. La primera vez dejó que cesaran sin intervenir para nada. La segunda, le objetó a Figueroa, buscando así terminar con el asunto. La tercera, después de que la sentencia fue pronunciada, apeló al Arzobispo de Toledo sobre algunas de sus cláusulas. Finalmente, sin esperar la sentencia, fue al juez pidiéndole un juicio, tomando en el futuro, esta como práctica habitual para exigir una sentencia, siempre y cuando estuviera en duda su ortodoxia. Las actas de los procedimientos legales de Ignacio en Azpeitia, 1515; Alcalá, 1526, 1527; Venecia, 1537; Roma, 1538, se encuentran en "Scripta de S. Ignatio", pp. 580-620.


En esta época, Ignacio por tercera vez reunió en torno a sí un grupo de compañeros. Sus primeros seguidores en España habían perseverado durante un tiempo, incluso en medio de la gran prueba del encarcelamiento, pero en lugar de seguir a Ignacio a París, tal como decían lo harían, lo abandonaron.

En París, su primer compañero tampoco perseveró por mucho tiempo, pero esta tercera vez, logró un grupo del que ninguno lo abandonó. Ellos eran Pedro Fabro, saboyano; Francisco de Javier, navarro; Diego Laínez, Alonso Salmerón, y Nicolás Bobadilla, castellanos; y Simón Rodrigues, portugués. Luego se les juntaron otros tres, Claudio Le Jayo, saboyano también; Juan Codure y Pascasio Broet, franceses.

A todos ellos inicio Ignacio en la perfección cristiana, ejercitándoles en la oración, el ayuno, ir descalzos, etc., a las que el santo estaba habituado. No obstante, aunque esta disciplina había prosperado en un lugar rural como Manresa, había sido duramente criticado en la Universidad de Alcalá. En París, asumió la ropa y los hábitos de los grandes pueblos; los ayunos, ir descalzos, etc., fueron reducidos, intensificándose en cambio, los estudios y los ejercicios espirituales, al tiempo que se consolidaban las limosnas.

El único vínculo que por aquel entonces unía a los seguidores de Ignacio, aparte de la devoción a él, era el propósito de partir a Tierra Santa y hacer allí una vida tan parecida como fuese posible a la que había hecho Cristo.


Al amanecer el 15 de agosto de 1534, en Montmartre, probablemente cerca de la actual Capilla de Saint-Denys, rue Antoinette, hicieron con Ignacio Voto de Pobreza y Castidad, Fabro, Simón Rodrígues, Bobadilla, Francisco de Javier, Laínez y Salmerón, haciendo además un tercer voto de marchar a Tierra Santa al cabo de dos años, una vez terminados los estudios.

Pedro Fabro había sido ordenado sacerdote en 1534, por lo que fue él quien recibió los votos que Ignacio y sus cinco compañeros realizaron, dando origen al grupo del que más adelante nacería la Compañía de Jesús.

Pedro Fabro se había converitido en su más avanzado discípulo.

A los seis meses, Ignacio, debido a su quebrantada salud, regresó a España y después de restablecido, partió a Bolonia, donde su falta de salud le impidió continuar sus estudios, dedicándose, en cambio, a realizar obras de caridad hasta que sus compañeros pasaron de París a Venecia el 6 de enero de 1537, con la intención de embarcar para Tierra Santa. Viendo que era imposible a causa de la guerra con los turcos, decidieron aguardar un año para cumplir su voto, y si dentro de ese plazo no podían realizarlo, se pondrían a disposición del Papa. A mediados de la Cuaresma de dicho año, Fabro y algunos otros fueron a Roma, consiguiendo la licencia para que todos recibieran las sagradas órdenes. Fueron finalmente consagrados como sacerdotes el día de San Juan Bautista de ese mismo año de 1537. Ignacio se preparó durante dieciocho meses para decir su primera misa.

Llegado el invierno de 1537, al concluir el año de espera, llegó el momento de ofrecer sus servicios al Papa. Mientras Ignacio, acompañado de Fabro y Laínez fue a Roma, los otros se dirigieron en parejas a los pueblos universitarios cercanos. En La Storta, unos kilómetros antes de llegar a la ciudad, tuvo Ignacio una notable visión. Le pareció ver al Eterno Padre acompañado de Su Hijo, quien le dijo: “Ego vobis Romae propitius ero”. Muchos pensaron que esta promesa se refería simplemente al éxito posterior de la orden. La interpretación que le dio Ignacio es muy propia: "No sé si seremos crucificados en Roma; pero sí sé que Jesús nos será propicio".

Ignacio sugirió que el nombre de su hermandad fuese "La Compañía de Jesús". La palabra compañía fue tomada en su sentido militar. Por esos días, las compañías generalmente recibían el nombre de su capitán. En la Bula latina, sin embargo, se les llamó "Societas Jesu". La primera vez que se les llamó “jesuitas” fue en 1544, como un reproche usado por sus adversarios. En el siglo quince, se acostumbraba hablar con desdén de los grupos que tomaban el Santo Nombre. Los amigos de la Compañía consideraron que podían utilizar ese nombre sin parecerles desdeñoso, y, aunque nunca fue usado por Ignacio, fue rápidamente adoptado.

Luego de que Pablo III acogiera a los padres favorablemente, se juntaron todos en Roma con el objeto de trabajar a la vista del Papa. En esta difícil época, una activa campaña de calumnias fue comenzada por Fra Matteo Mainardi, y por un tal Miguel, a quien se le había negado la admisión en la orden. No fue hasta el 18 de noviembre de 1538, que Ignacio obtuvo del gobernador de Roma una sentencia honorable, la cual falló en su favor.

El pensamiento de los miembros de la Compañía estaba en esa época ocupado pensando en una fórmula futura sobre el estilo de vida que querían llevar, para someterla al Papa. En marzo de 1539, empezaron a reunirse por las tardes para resolver este asunto.

Hasta ahora, viviendo sin superior, regla o tradición, habían prosperado mucho. ¿Por qué no continuar tal como habían empezado? La respuesta obvia era que sin nada que los ligara, y sin casas que estuviesen dedicadas a la formación de los postulantes, estarían condenados a desaparecer cuando muriesen los actuales miembros, pues el Papa ya deseaba poder enviarlos como misioneros a distintos lugares. Este punto se solucionó pronto, pero, cuando se vio la cuestión acerca de si debían agregar el voto de obediencia a los votos ya realizados, si formaban una orden religiosa, o si permanecían como estaban, es decir, como una congregación de sacerdotes seculares, las opiniones difirieron mucho y seriamente. Les había ido bastante bien sin reglas estrictas, pero, existía el peligro, si es que ellos decidían ser una orden, que el Papa los obligase a adoptar una regla existente, lo que significaría el final de todas sus nuevas ideas. El debate sobre este punto continuó durante varias semanas, decidiéndose con aprobación de todos, en favor de una vida bajo obediencia.

Después de este punto, los progresos fueron más rápidos, y para el 24 de junio ya se habían tomado dieciséis resoluciones, cubriendo los puntos más importantes sobre el futuro instituto. Ignacio redactó luego en cinco secciones la primera "Fórmula Instituti", la cual sometió al Papa, siendo aprobada de viva voz, el 3 de septiembre de 1539.

No obstante, el cardenal Guidiccioni, encargado de la comisión que debía informar sobre la "Fórmula", pensaba que no debía de aprobarse ninguna orden nueva, por lo que la posibilidad de aprobación parecía estar muy lejos.

Ignacio y sus compañeros, sin desalentarse, acordaron ofrecer cuatro mil misas para obtener la aprobación, y, después de un tiempo, el Cardenal de manera inesperada, cambió de idea aceptando la "Fórmula" y siendo emitida la Bula aprobatoria "Regimini militantis Ecclesiae" el 27 de septiembre de 1540, aunque con una cláusula que decía que sus miembros no debían exceder de sesenta (cláusula que fue eliminada dos años después).

Ignacio lograba así en 1540 que el Papa Paulo III aprobara su incipiente Instituto: las Constituciones que le presentaron los que deseaban llamarse "compañeros de Jesús".

En abril de 1541 Ignacio fue elegido, a su pesar, primer general, y el 22 de abril él y sus compañeros hicieron su profesión en San Pablo Extra Muros. La Compañía estaba ahora formalmente constituida.

Después de Ignacio, a quienes todos veían como el líder, Pedro Fabro era considerado por los demás como el más eminente del grupo, como quien mejor había asimilado las ideas de San Ignacio. Se hacía estimar de tal manera por sus profundos conocimientos, su gentileza y por la influencia que ejercía sobre las almas. Mantendrá este lugar de aprecio general durante los años, hasta el punto en que en 1541, al elegir Superior de la naciente Compañía, San Francisco Javier y Simón Rodrígues, el fundador en Portugal, pusieron en su voto: "Ignacio, y si no se pudiese Pedro Fabro". Del mismo parecer eran los demás, empezando por Diego Laínez, quienes consideraban a Fabro como el más maduro y aventajado discípulo de Ignacio y pensaban que cuando el momento llegase lo debería suceder como prepósito general de la naciente orden.


Ignacio, respondiendo a la petición de misioneros del Papa, envió a Francisco Javier a predicar el Evangelio en la empresa misionera más ambiciosa de la historia: la conversión de todo el Oriente, desde India y Japón hasta la amplia y misteriosa China.

Desde ese momento, la Compañía de Jesús empieza a extenderse por el mundo, dedicándose al servicio de la Iglesia en las misiones que le encomendaba el Romano Pontífice, al que se unió de una manera especial por un Cuarto Voto de obediencia en lo tocante a la misión.

Tuvo que separase rápidamente de sus primeros compañeros.

Rodrigues fue el primero, partiendo el 5 de marzo de 1540 hacia Lisboa, en donde fundó la provincia portuguesa, de la que fue nombrado provincial el 10 de octubre de 1546.

Francisco Javier que había partido poco tiempo después de Rodrigues, fue provincial de la India en 1549. En septiembre de 1541, Salmerón y Broet empezaron su peligrosa misión en Irlanda, a donde llegaron vía Escocia en la Cuaresma. Irlanda era víctima de grandes violencias por parte de Enrique VIII, y estos celosos misioneros no tuvieron campo libre para ejercer los ministerios apropiados de su instituto. Toda la Cuaresma la pasaron en Ulster, huyendo de los perseguidores y realizando en secreto todo el bien que podían. Con gran dificultad llegaron a Escocia, y finalmente a Roma en diciembre de 1542. La fundación de la Compañía en Alemania, en 1542, está relacionada con los nombres San Pedro Fabro, el Beato Pedro Canisio, Jayo, y Bobadilla.

En 1542 se fundan los primeros Colegios y universidades de la Compañía de Jesús.

El papel de los jesuitas en la Contra Reforma católica fue esencial. En la época, parecían perdidas para el protestantismo no sólo Alemania, sino Escandinavia, y amenazados los Países Bajos, Bohemia, Polonia y Austria, habiendo infiltraciones en Francia e Italia. San Ignacio envió a sus discípulos a esas regiones. En Alemania trabajaron Pedro Fabro, Claudio Le Jay y Bobadilla. Aunque el jesuita que sería el gran apóstol de los pueblos germánicos, quien obtendría innumerables reconversiones, fue San Pedro Canisio, hoy considerado con razón el segundo apóstol de Alemania, después de San Bonifacio.

En 1546 Laínez y Salmerón fueron nombrados teólogos pontificios para el Concilio de Trento (1545-1563), en el que Canisio, Le Jay (Jayo) y Covillon también participaron. Su papel fue brillante, trabajando tambien en universidades y colegios contra el protestantismo.

En 1548 Ignacio obtiene la Aprobación Pontificia del texto de los Ejercicios Espirituales.

En 1553 fue nombrado Patriarca de Abisinia Núñez Barretto, aunque no resultó una misión muy exitosa. Para todas estas misiones, Ignacio escribía instrucciones específicas, muchas de las cuales aún existen. En sus cartas, animaba y exhortaba a sus enviados, y los informes que recibía de ellos son nuestra principal fuente para conocer los logros misioneros alcanzados. Si bien vivió exclusivamente en Roma, era él quién de hecho, animaba, dirigía, y alentaba a todos sus súbditos repartidos por el mundo.

Dos de las tribulaciones más importantes que sufrió Ignacio en esta época, fueron sin duda, el asunto de Isabel Roser, y el de Simón Rodrigues. La señora Roser, que había sido la primera protectora de Ignacio en sus comienzos de vida religiosa en España, marchó luego a Roma con intento de hacer voto de obediencia a Ignacio, uniéndose a dos o tres mujeres más. Ignacio pronto comprendió que las pretensiones de tiempo que ellas demandaban le eran imposibles de atender. Se dice que dijo, "Me causan más problemas, que toda la Compañía", y le pidió al Papa que lo liberara del voto que había aceptado. Isabel Roser empezó un juicio, que perdió, luego de lo cual Ignacio, prohibió a sus hijos ser directores ex officio de conventos de monjas.

Más serio y doloroso, especialmente para un hombre tan fiel como Ignacio, fue el incidente que ocasionó Rodrigues, uno de sus primeros compañeros. Este había fundado la provincia de Portugal, llevándola a un alto grado de florecimiento y prosperidad en poco tiempo. Sin embargo, sus procedimientos no fueron del agrado de Ignacio, y cuando nuevos hombres de Ignacio, a quienes él mismo había formado, iban a Portugal, las diferencias saltaban al instante. Ignacio tuvo que intervenir, pero Rodrigues desgraciadamente tomó partido en contra de los enviados de Ignacio. Las consecuencias de estos problemas en esta provincia recién formada fueron desastrosas: casi la mitad de sus miembros tuvieron que ser expulsados antes de que la paz fuera restablecida, pero Ignacio no dudó en hacerlo. Rodrigues, que había sido llamado a Roma, con el nuevo provincial con autoridad para expulsarlo, exigió un juicio formal, algo que Ignacio previendo los resultados intentó evitar. Dada la insistencia de Simón, se le concedió un juicio formal, cuyos procedimientos están impresos, y en el que se le condenó, por unanimidad, a penitencia y destierro de la provincia (Scripta etc., pp. 666-707).

De todos sus trabajos en Roma, los que realizó con mayor cariño, según se ve por su correspondencia, fueron la fundación del Colegio Romano en 1551, y la del Colegio Alemán en 1552, haciendo para las mismas, y hasta el momento de su muerte, toda clase de sacrificios. El éxito de la primera se aseguró gracias a la generosidad de San Francisco de Borja, antes de que ingresara a la Compañía. La fundación de la última, atravesaba aún un periodo de luchas y dificultades al morir Ignacio, pero la viabilidad y utilidad del plan que había concebido también la llevó al éxito.

Los últimos años de su vida estuvieron consagrados en parte al retiro y la oración, absorbiéndole la correspondencia, que necesariamente había de llevar en el gobierno de la Compañía, el resto del tiempo que él hubiera con gusto empleado en el ministerio apostólico. Su salud empezó a flaquear. En 1551, con ocasión de congregarse los Padres más antiguos con objeto de revisar las Constituciones, puso en sus manos su dimisión al generalato, pero a ello se opusieron sus compañeros. En 1554 el padre Nadal fue nombrado Vicario General, siendo necesario muchas veces enviarlo al extranjero para que actuara como su representante, quedando hasta el final Ignacio, con la ayuda del padre Polanco, dirigiéndolo todo.

En el verano de 1556 el santo sufrió un ataque de fiebre romana. Sus doctores no previeron ninguna consecuencia seria, pero el santo sí lo hizo. El 30 de julio pidió los últimos sacramentos y la bendición de Su Santidad, a pesar de decir los facultativos que el peligro de muerte no era inminente. A la mañana siguiente su enfermero le halló tendido en cama, entretenido en pacífica oración, por lo cual no se dio cuenta de que el santo estaba expirando. Cuando se dio cuenta de su estado de salud, le fue dada la última bendición, pero el tránsito le llegó antes de recibir los sagrados óleos, falleciendo así el 31 de julio de 1556.

Aunque Ignacio murió al cabo de solo dieciséis años de fundada la Compañía, esta contaba ya con aproximadamente mil miembros y cien casas religiosas distribuidas en diez provincias religiosas.

La vida interior de Ignacio había sido profunda y estaba constantemente en la presencia de Dios. Conforme narra él mismo en su autobiografía, cada vez que quería encontrar a Dios él lo encontraba haciendo un poco de recogimiento. Tenía visiones, repetidamente, sobre todo cuando se trataba de decidir un asunto importante de la Compañía, o cuando redactaba sus Constituciones. Esas visiones le eran constantes también cuando celebraba la Misa.

Su ropa fue siempre pobre y sin galas, pero limpia y aseada, porque, si bien amaba la pobreza, nunca le agradó la poca limpieza.

San Francisco Javier, le tenía tanta veneración ya en vida, que muchas veces le escribía de rodillas. Constantemente afirmaba: “El padre Ignacio es un gran santo”. En los peligros y tempestades invocaba su nombre, llevando al cuello como protección, junto a sus votos de profesión, una firma del padre Ignacio. Laínez, otro de los grandes discípulos de Ignacio y su sucesor en el generalato de la Compañía, también lo veneraba como santo, del mismo modo que San Francisco de Borja, más tarde tercer Superior General de la Compañía.

Fue beatificado por Pablo V, junto con San Francisco Javier, el 27 de julio de 1609, y canonizados ambos por Gregorio XV, el 22 de mayo de 1622.

Sus restos descansan en Roma, debajo del altar diseñado por Pozzi, en la Iglesia del Gesú, obra de Vignola terminada por Giacomo della Porta, en uno de los más lujosos altares y retablos de toda la cristiandad, mientras a su frente, en otro magnífico altar, se venera el brazo incorrupto de San Francisco Javier.

 


SAN FRANCISCO JAVIER, Patrono de las Misiones, Gran Conquistador de Oriente
Navarra, 1506 - Costa de China, 1552 · info@sanfranciscojavier.com