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San
Ignacio de Loyola (1491-1556)

San Ignacio nació en
1491 la Casa Torre de Loyola Azpeitia, Guipúzcoa. Un año antes de la
conquista de Granada por los Reyes Católicos, y del descubrimiento de
América.
Fue bautizado con el
nombre de Iñigo, tomado de San Enecón (Innicus), el nombre Ignacio lo
asumió posteriormente, mientras residía en Roma.
Ignacio es el hijo
menor de los trece que tuvieron Don Beltrán Yánez de Óñez y Loyola y Doña
Marina Sáenz de Licona y Balda, familia de nobleza menor.
La piedra de armas de
Loyola, colocada sobre la puerta de la casa natal, muestra una olla
colgada de los llares y flanqueada de dos lobos rampantes. En tiempos de
Iñigo, el linaje y las armas eran dobles: las armas de Oñaz
(siete bandas rojas o de gules sobre campo de oro) y las armas de Loyola (la olla colgada de los llares, y los lobos
rampantes, sobre campo de plata).
A
temprana edad recibió la tonsura eclesiástica,
sin
que se sepa el por qué
y cuándo fue relevado de las obligaciones inherentes a la misma.
Cuando tenía unos 17
años fue enviado a la casa del Contador Mayor de Hacienda de Castilla,
Juan Velásquez de Cuéllar, en Arévalo (Ávila), para abrirse camino en la
Corte iniciándose en los secretos de la administración pública y en la
carrera de las armas.
Como miembro
de su séquito,
probablemente, asistió a la corte en algunas ocasiones, pero nunca fue
paje de los Reyes Católicos. Ésta fue quizás la época de su vida de mayor
dispersión y laxitud. Se preocupaba bastante por el arreglo de su cabello
y su ropa, bastante ostentosa, y le consumía el deseo de ganar gloria.
Aparentemente, en algunas ocasiones, estuvo involucrado en algunos
secretos amoríos, para los cuales éstos jóvenes cortesanos se creían
autorizados.
Bien dotado física e
intelectualmente, el joven Ignacio se entregó a todos los ejercicios de
las armas, buscando aventajarse sobre todos sus iguales y alcanzar
renombre de hombre valiente, honor y gloria militar. O, como él mismo dice
con humildad, “hasta los 26 años fue un hombre dado a las vanidades del
mundo, y principalmente se deleitaba en el ejercicio de las armas y en el
vano deseo de ganar honra”.
En 1516, cuando Iñigo
tenía ya 25 años, su huésped y protector cayó en desgracia de Carlos I de
España, fue desposeído de su cargo y de la tenencia del Palacio Real de
Arévalo en que hospedaba a Iñigo, y poco después murió.
Su viuda, no
pudiendo dejar a Iñigo acomodado, lo presentó a su pariente, el Duque de Nájera, que era Virrey de Navarra, junto al cual Iñigo se asentó como
gentilhombre de corte, siguiendo la carrera de armas.
En 1521, a la edad de
30 años, se produjo el gran cambio en su vida. Ignacio, consciente de los
grandes hechos de sus hermanos en Nápoles, y avergonzado de su ociosidad
había ya participado en algunas campañas con el Virrey de Navarra. Así,
fue enviado en socorro de Pamplona, asediada por los franceses. La
desproporción de fuerzas era aplastante a favor de los francese, pero
Ignacio no quiso la capitulación y convenció a los suyos de resistir hasta
el final. En la batalla, una bala de cañón, pasando por entre las piernas
de Ignacio, le hirió malamente la izquierda y le rompió la derecha debajo
de la rodilla; era el 20 de mayo de 1521, Lunes de Pentecostés.

Ignacio herido llega a su casa natal en
litera.
Caído Ignacio, se
desalentaron los defensores de la fortaleza, rindiéndola al poco tiempo al
enemigo. Éste trató con toda cortesía al herido: admirados con el coraje
del español, permitieron que fuese llevado en litera hasta el castillo de
sus padres.
Los huesos habían comenzado a soldarse de modo defectuoso, por
lo que su pierna tuvo que ser nuevamente quebrada y reacomodada. Luego se
le serró una protuberancia del hueso, quedándole este miembro más corto y
contrahecho que el otro, debido a un mal reacomodo del mismo. El dolor y
la debilidad que siguieron a estos sufrimientos, soportados por Ignacio
con paciencia, fueron tan grandes que estuvo en trance de muerte. Sin
embargo, en la víspera de San Pedro y San Pablo, la fiebre lo dejó y las
cosas mejoraron.
Hasta ese momento,
Ignacio había mostrado las virtudes propias de un oficial español. Los
peligros y sufrimientos hicieron, indudablemente, mucho por purificar su
alma, pero todavía no había tomado ninguna decisión acerca de reformar su
vida y dirigirla hacia un ideal más elevado.
Para poder distraerse
durante su convalecencia, pidió que le trajeran libros de caballerías, su
lectura favorita, pero como no los había en el castillo, le ofrecieron la
vida de Cristo, y un tomo de las Vidas de los santos, que leyó con el
mismo espíritu competitivo con el que leía las hazañas de los caballeros y
guerreros. "Me imaginaba que debía competir con tal santo en ayunos, con
este otro en la paciencia, con aquel en peregrinaciones".
Después de estas
lecturas, alejó su mente de las aventuras de caballería, y de llamar la
atención de bellas damas. La idea de competir con los santos lo fortalecía
y dejaba lleno de alegría y paz. Enseguida consideró que a diferencia de
las primeras que le venían del mundo, estas otras provenían de Dios.
Finalmente, los pensamientos mundanos empezaron a perder fuerza, mientras
que los celestiales crecieron de manera más clara y estimada. Una noche,
estando aún despierto, mientras ponderaba acerca de estas nuevas luces,
"vio claramente", así lo dice su autobiografía, "la imagen de la Virgen
Santísima con el Niño Jesús", a quienes vio durante un tiempo largo,
sintiendo una tranquilizante dulzura, la cual obró en su ser un cambio
radical, sintió un gran aborrecimiento por sus pecados, y lo purificó
totalmente de todo afecto deshonesto, especialmente, de la carne, nunca
más consintiendo ni el más mínimo pensamiento carnal. Su conversión estaba
ahora completa. Todos notaron que sólo hablaba de cosas espirituales, por
lo que incluso su hermano mayor le pidió que no tomara ninguna resolución
precipitada o extrema, la cual pudiera comprometer el honor de la familia.

Ignacio inicia entonces
su peregrinación a Aránzazu y Montserrat (1522). Su primer propósito fue
el de hacer una confesión general en el famoso santuario de Montserrat,
donde, después de tres días de examinarse y tomar conciencia de sus
pecados, se confesó, dio a un pobre la preciosa ropa que llevaba puesta, y
se vistió una túnica talar o saco tosco que le llegaba hasta los pies.
Veló armas para hacerse
"caballero" de Cristo, colgando su espada y su daga en el altar de la
Santísima Virgen, velándolas durante toda la noche.
La mañana siguiente,
fiesta de la Anunciación del año 1522, abandonó el santuario después de
comulgar sin saber a donde ir. Al poco, se encontró con una buena mujer,
Inés Pascual, quien le mostró una caverna cerca del cercano pueblo de
Manresa en donde podría retirarse para dedicarse a la oración, a la
penitencia, y a la contemplación, manteniéndose de limosnas.
Allí, en
lugar de obtener una mayor paz, se vio asaltado por los más crueles
escrúpulos. ¿Habré confesado bien ese pecado? ¿Habré omitido alguna
circunstancia? Sintió una violenta tentación de acabar con su vida por
medio del suicidio, como un medio para acabar con su desdicha e hizo el
propósito de no comer ni beber nada (mientras no se pusiese en peligro su
vida) hasta que Dios no le concediese la paz deseada; su confesor, al
final de la semana, le ordenó que acabara con eso.

Representación de Ignacio en su retiro
en la cueva de Manresa
Con la ayuda de Dios,
triunfó de todos estos obstáculos, y empezaron a llover sobre él con gran
abundancia los dones espirituales, y las visiones.
En intensos
meses de reflexión y penitencia, ayudado por el Espíritu, culminó en la
pobre cueva de Manresa lo que iba a ser su mejor aportación a la vida
interior de la Iglesia: los cimientos del libro de “Los Ejercicios
Espirituales”.
Le afligió después una
grave enfermedad, en la que sus amigos velaron por él en un hospital
público; muchos se sentían atraídos por él, y él recompensaba sus amables
cuidados enseñándoles a rezar e instruyéndoles en cosas espirituales.
Habiendo recuperado la
salud, y con la experiencia suficiente para guiarse en su nueva vida, en
abril de 1523 comenzó su tan querida peregrinación a Tierra Santa, que por
entonces estaba bajo el dominio de Solimán II el Magnífico. Desde el
principio veía esta peregrinación como la antesala de una vida de grandes
penitencias; aunque también la consideraba una escuela en la que podía
aprender con claridad la vida de Cristo y conformarse con perfección a
ella.
El viaje tuvo tantas
dificultades y pesares como Ignacio deseaba. La pobreza, las enfermedades,
el clima, las fatigas, el hambre, los peligros de naufragio y captura, la
prisión, los reveses, y las contradicciones eran pan de cada día. Los
franciscanos encargados de la custodia de los santos lugares le obligaron,
bajo pena de pecado, a abandonarlos. Ignacio les pidió que le explicaran
con qué derecho se ponían trabas a un peregrino como él, y los frailes
alegaron a que lo hacían para evitar los muchos problemas que ocurrían
para poder rescatar a los prisioneros cristianos, mostrándole unas Bulas
pontificias en las que se les autorizaba para tomar aquella medida. Se
sometió Ignacio a tal resolución sin querer ni siquiera ver dichas Bulas,
y tomo el camino de regreso hacia Barcelona, a pesar que esto significaba
cambiar completamente sus planes. Llegó a esta ciudad aproximadamente en
marzo de 1524.
Finalmente, decidió
emprender los estudios, a fin de hacerse más apto para ayudar a otros y
prepararse para el sacerdocio. A los estudios les dedicó once años. En
Barcelona, estudió con los muchachos de la escuela, y en 1526, había ya
hecho los progresos necesarios para empezar a cursar filosofía, para lo
cual partió a la Universidad de Alcalá. Aquí tuvo varios problemas, sufrió
incomprensión y persecuciones y a finales de 1527, ingresó en la
Universidad de Salamanca, en donde sus problemas continuaron. A causa de
su prédica y reunión con discípulos, como aún era lego, peligroso en
aquella época de novedades malsanas y herejías, fue denunciado a la
Inquisición y encarcelado hasta que su inocencia fue reconocida. Los
trabajos que Ignacio hizo en beneficio de otros, le trajeron muchos
problemas. En Barcelona con un compañero ya habían sido golpeados hasta
quedar él sin sentido, y su compañero hasta morir, a causa de un fuerte
cambio de palabras tras la negativa a permitirles el ingreso a un convento
que él había reformado. En Alcalá, Figueroa, un imprudente inquisidor, lo
atormentó constantemente, hasta llegar en una ocasión, actuando de forma
individual, a encarcelarlo durante dos meses. Esto lo llevó a marcharse a
Salamanca, en donde le fue peor todavía, pues fue encerrado en la prisión
pública, siendo encadenado al pie de su compañero Calixto. Esta situación
sólo sacó a Ignacio estas palabras: "no existen suficientes grilletes ni
cadenas en Salamanca como las que desearía por amor a Dios".
En junio de 1528 se
dirige por fin a París, en cuya universidad, La Sorbona, con gran
disposición, repitió el curso de artes, obteniendo el grado de Magister
Artium el 14 de marzo de 1535.
Entretanto, había dado
comienzo al estudio de la teología, licenciándose en 1534; el doctorado
nunca lo siguió, pues su salud lo obligó a abandonar París en marzo de
1535. Si bien Ignacio, a pesar de sus esfuerzos, no adquirió una gran
erudición, adquirió durante esta época, muchas ventajas prácticas. Luego,
para poder hablar con conocimiento e información debida al sostener sus
ideas ante los eruditos, y poder tratar con otros más sabios que él, se
convirtió en un especialista en educación, aprendiendo por experiencia
como la vida de oración y las penitencias podían combinarse con la
enseñanza y el estudio, una adquisición inestimable para el futuro
fundador de la Compañía de Jesús.
En París sus
dificultades fueron también variadas: pobreza, peste, un castigo
universitario, en el que fue sentenciado a ser azotado públicamente,
requerido por la Inquisición, etc. En una ocasión en la que fue
cuestionado por los inquisidores, al pedir Ignacio una rápida solución,
el Inquisidor Ori le dijo que los procedimientos quedaban suprimidos. Hubo
cierta progresión en la forma en que Ignacio trató las imputaciones en su
contra. La primera vez dejó que cesaran sin intervenir para nada. La
segunda, le objetó a Figueroa, buscando así terminar con el asunto. La
tercera, después de que la sentencia fue pronunciada, apeló al Arzobispo
de Toledo sobre algunas de sus cláusulas. Finalmente, sin esperar la
sentencia, fue al juez pidiéndole un juicio, tomando en el futuro, esta
como práctica habitual para exigir una sentencia, siempre y cuando
estuviera en duda su ortodoxia. Las actas de los procedimientos legales de
Ignacio en Azpeitia, 1515; Alcalá, 1526, 1527; Venecia, 1537; Roma, 1538,
se encuentran en "Scripta de S. Ignatio", pp. 580-620.

En esta época, Ignacio
por tercera vez reunió en torno a sí un grupo de compañeros. Sus primeros
seguidores en España habían perseverado durante un tiempo, incluso en
medio de la gran prueba del encarcelamiento, pero en lugar de seguir a
Ignacio a París, tal como decían lo harían, lo abandonaron.
En París, su
primer compañero tampoco perseveró por mucho tiempo, pero esta tercera
vez, logró un grupo del que ninguno lo abandonó. Ellos eran Pedro Fabro,
saboyano; Francisco de Javier, navarro; Diego Laínez, Alonso Salmerón, y
Nicolás Bobadilla, castellanos; y Simón Rodrigues, portugués. Luego se les
juntaron otros tres, Claudio Le Jayo, saboyano también; Juan Codure y
Pascasio Broet, franceses.
A todos ellos inicio
Ignacio en la perfección cristiana, ejercitándoles en la oración, el
ayuno, ir descalzos, etc., a las que el santo estaba habituado. No
obstante, aunque esta disciplina había prosperado en un lugar rural como
Manresa, había sido duramente criticado en la Universidad de Alcalá. En
París, asumió la ropa y los hábitos de los grandes pueblos; los ayunos, ir
descalzos, etc., fueron reducidos, intensificándose en cambio, los
estudios y los ejercicios espirituales, al tiempo que se consolidaban las
limosnas.
El único vínculo que
por aquel entonces unía a los seguidores de Ignacio, aparte de la devoción
a él, era el propósito de partir a Tierra Santa y hacer allí una vida tan
parecida como fuese posible a la que había hecho Cristo.

Al amanecer el 15 de
agosto de 1534, en Montmartre, probablemente cerca de la actual Capilla de
Saint-Denys, rue Antoinette, hicieron con Ignacio Voto de Pobreza y
Castidad, Fabro, Simón Rodrígues, Bobadilla, Francisco de Javier, Laínez y
Salmerón, haciendo además un tercer voto de marchar a Tierra Santa al cabo
de dos años, una vez terminados los estudios.
Pedro Fabro había sido
ordenado sacerdote en 1534, por lo que fue él quien recibió los votos que
Ignacio y sus cinco compañeros realizaron, dando origen al grupo del que
más adelante nacería la Compañía de Jesús.
Pedro Fabro se había
converitido en su más avanzado discípulo.
A los seis meses,
Ignacio, debido a su quebrantada salud, regresó a España y después de
restablecido, partió a Bolonia, donde su falta de salud le impidió
continuar sus estudios, dedicándose, en cambio, a realizar obras de
caridad hasta que sus compañeros pasaron de París a Venecia el 6 de enero
de 1537, con la intención de embarcar para Tierra Santa. Viendo que era
imposible a causa de la guerra con los turcos, decidieron aguardar un año
para cumplir su voto, y si dentro de ese plazo no podían realizarlo, se
pondrían a disposición del Papa. A mediados de la Cuaresma de dicho año,
Fabro y algunos otros fueron a Roma, consiguiendo la licencia para que
todos recibieran las sagradas órdenes. Fueron finalmente consagrados como
sacerdotes el día de San Juan Bautista de ese mismo año de 1537. Ignacio
se preparó durante dieciocho meses para decir su primera misa.
Llegado el invierno de
1537, al concluir el año de espera, llegó el momento de ofrecer sus
servicios al Papa. Mientras Ignacio, acompañado de Fabro y Laínez fue a
Roma, los otros se dirigieron en parejas a los pueblos universitarios
cercanos. En La Storta, unos kilómetros antes de llegar a la ciudad, tuvo
Ignacio una notable visión. Le pareció ver al Eterno Padre acompañado de
Su Hijo, quien le dijo: “Ego vobis Romae propitius ero”. Muchos pensaron
que esta promesa se refería simplemente al éxito posterior de la orden. La
interpretación que le dio Ignacio es muy propia: "No sé si seremos
crucificados en Roma; pero sí sé que Jesús nos será propicio".
Ignacio sugirió que el
nombre de su hermandad fuese "La Compañía de Jesús". La palabra compañía
fue tomada en su sentido militar. Por esos días, las compañías
generalmente recibían el nombre de su capitán. En la Bula latina, sin
embargo, se les llamó "Societas Jesu". La primera vez que se les llamó
“jesuitas” fue en 1544, como un reproche usado por sus adversarios. En el
siglo quince, se acostumbraba hablar con desdén de los grupos que tomaban
el Santo Nombre. Los amigos de la Compañía consideraron que podían
utilizar ese nombre sin parecerles desdeñoso, y, aunque nunca fue usado
por Ignacio, fue rápidamente adoptado.
Luego de que Pablo III
acogiera a los padres favorablemente, se juntaron todos en Roma con el
objeto de trabajar a la vista del Papa. En esta difícil época, una activa
campaña de calumnias fue comenzada por Fra Matteo Mainardi, y por un tal
Miguel, a quien se le había negado la admisión en la orden. No fue hasta
el 18 de noviembre de 1538, que Ignacio obtuvo del gobernador de Roma una
sentencia honorable, la cual falló en su favor.
El pensamiento de los
miembros de la Compañía estaba en esa época ocupado pensando en una
fórmula futura sobre el estilo de vida que querían llevar, para someterla
al Papa. En marzo de 1539, empezaron a reunirse por las tardes para
resolver este asunto.
Hasta ahora, viviendo
sin superior, regla o tradición, habían prosperado mucho. ¿Por qué no
continuar tal como habían empezado? La respuesta obvia era que sin nada
que los ligara, y sin casas que estuviesen dedicadas a la formación de los
postulantes, estarían condenados a desaparecer cuando muriesen los
actuales miembros, pues el Papa ya deseaba poder enviarlos como misioneros
a distintos lugares. Este punto se solucionó pronto, pero, cuando se vio
la cuestión acerca de si debían agregar el voto de obediencia a los votos
ya realizados, si formaban una orden religiosa, o si permanecían como
estaban, es decir, como una congregación de sacerdotes seculares, las
opiniones difirieron mucho y seriamente. Les había ido bastante bien sin
reglas estrictas, pero, existía el peligro, si es que ellos decidían ser
una orden, que el Papa los obligase a adoptar una regla existente, lo que
significaría el final de todas sus nuevas ideas. El debate sobre este
punto continuó durante varias semanas, decidiéndose con aprobación de
todos, en favor de una vida bajo obediencia.
Después de este punto,
los progresos fueron más rápidos, y para el 24 de junio ya se habían
tomado dieciséis resoluciones, cubriendo los puntos más importantes sobre
el futuro instituto. Ignacio redactó luego en cinco secciones la primera
"Fórmula Instituti", la cual sometió al Papa, siendo aprobada de viva voz,
el 3 de septiembre de 1539.
No obstante, el cardenal Guidiccioni,
encargado de la comisión que debía informar sobre la "Fórmula", pensaba
que no debía de aprobarse ninguna orden nueva, por lo que la posibilidad
de aprobación parecía estar muy lejos.
Ignacio y sus compañeros, sin
desalentarse, acordaron ofrecer cuatro mil misas para obtener la
aprobación, y, después de un tiempo, el Cardenal de manera inesperada,
cambió de idea aceptando la "Fórmula" y siendo emitida la Bula aprobatoria
"Regimini militantis Ecclesiae" el 27 de septiembre de 1540, aunque con
una cláusula que decía que sus miembros no debían exceder de sesenta
(cláusula que fue eliminada dos años después).
Ignacio lograba así en 1540
que el Papa Paulo III aprobara su incipiente Instituto: las Constituciones
que le presentaron los que deseaban llamarse "compañeros de Jesús".
En abril de 1541
Ignacio fue elegido, a su pesar, primer general, y el 22 de abril él y sus
compañeros hicieron su profesión en San Pablo Extra Muros. La Compañía
estaba ahora formalmente constituida.
Después de Ignacio, a
quienes todos veían como el líder, Pedro Fabro era considerado por los
demás como el más eminente del grupo, como quien mejor había asimilado las
ideas de San Ignacio. Se hacía estimar de tal manera por sus profundos
conocimientos, su gentileza y por la influencia que ejercía sobre las
almas. Mantendrá este lugar de aprecio general durante los años, hasta el
punto en que en 1541, al elegir Superior de la naciente Compañía, San
Francisco Javier y Simón Rodrígues, el fundador en Portugal, pusieron en
su voto: "Ignacio, y si no se pudiese Pedro Fabro". Del mismo parecer eran
los demás, empezando por Diego Laínez, quienes consideraban a Fabro como
el más maduro y aventajado discípulo de Ignacio y pensaban que cuando el
momento llegase lo debería suceder como prepósito general de la naciente
orden.

Ignacio, respondiendo a
la petición de misioneros del Papa, envió a Francisco Javier a predicar el
Evangelio en la empresa misionera más ambiciosa de la historia: la
conversión de todo el Oriente, desde India y Japón hasta la amplia y
misteriosa China.
Desde ese momento, la
Compañía de Jesús empieza a extenderse por el mundo, dedicándose al
servicio de la Iglesia en las misiones que le encomendaba el Romano
Pontífice, al que se unió de una manera especial por un Cuarto Voto de
obediencia en lo tocante a la misión.
Tuvo que separase
rápidamente de sus primeros compañeros.
Rodrigues fue el
primero, partiendo el 5 de marzo de 1540 hacia Lisboa, en donde fundó la
provincia portuguesa, de la que fue nombrado provincial el 10 de octubre
de 1546.
Francisco Javier que había partido poco tiempo después de
Rodrigues, fue provincial de la India en 1549. En septiembre de 1541,
Salmerón y Broet empezaron su peligrosa misión en Irlanda, a donde
llegaron vía Escocia en la Cuaresma. Irlanda era víctima de grandes
violencias por parte de Enrique VIII, y estos celosos misioneros no
tuvieron campo libre para ejercer los ministerios apropiados de su
instituto. Toda la Cuaresma la pasaron en Ulster, huyendo de los
perseguidores y realizando en secreto todo el bien que podían. Con gran
dificultad llegaron a Escocia, y finalmente a Roma en diciembre de 1542.
La fundación de la Compañía en Alemania, en 1542, está relacionada con los
nombres San Pedro Fabro, el Beato Pedro Canisio, Jayo, y Bobadilla.
En 1542 se fundan los
primeros Colegios y universidades de la Compañía de Jesús.
El papel de los
jesuitas en la Contra Reforma católica fue esencial. En la época, parecían
perdidas para el protestantismo no sólo Alemania, sino Escandinavia, y
amenazados los Países Bajos, Bohemia, Polonia y Austria, habiendo
infiltraciones en Francia e Italia. San Ignacio envió a sus discípulos a
esas regiones. En Alemania trabajaron Pedro Fabro, Claudio Le Jay y
Bobadilla. Aunque el jesuita que sería el gran apóstol de los pueblos
germánicos, quien obtendría innumerables reconversiones, fue San Pedro
Canisio, hoy considerado con razón el segundo apóstol de Alemania, después
de San Bonifacio.
En 1546 Laínez y
Salmerón fueron nombrados teólogos pontificios para el Concilio de Trento
(1545-1563), en el que Canisio, Le Jay (Jayo) y Covillon también
participaron. Su papel fue brillante, trabajando tambien en universidades
y colegios contra el protestantismo.
En 1548 Ignacio obtiene
la Aprobación Pontificia del texto de los Ejercicios Espirituales.
En 1553 fue nombrado
Patriarca de Abisinia Núñez Barretto, aunque no resultó una misión muy
exitosa. Para todas estas misiones, Ignacio escribía instrucciones
específicas, muchas de las cuales aún existen. En sus cartas, animaba y
exhortaba a sus enviados, y los informes que recibía de ellos son nuestra
principal fuente para conocer los logros misioneros alcanzados. Si bien
vivió exclusivamente en Roma, era él quién de hecho, animaba, dirigía, y
alentaba a todos sus súbditos repartidos por el mundo.
Dos de las
tribulaciones más importantes que sufrió Ignacio en esta época, fueron sin
duda, el asunto de Isabel Roser, y el de Simón Rodrigues. La señora Roser,
que había sido la primera protectora de Ignacio en sus comienzos de vida
religiosa en España, marchó luego a Roma con intento de hacer voto de
obediencia a Ignacio, uniéndose a dos o tres mujeres más. Ignacio pronto
comprendió que las pretensiones de tiempo que ellas demandaban le eran
imposibles de atender. Se dice que dijo, "Me causan más problemas, que
toda la Compañía", y le pidió al Papa que lo liberara del voto que había
aceptado. Isabel Roser empezó un juicio, que perdió, luego de lo cual
Ignacio, prohibió a sus hijos ser directores ex officio de conventos de
monjas.
Más serio y doloroso,
especialmente para un hombre tan fiel como Ignacio, fue el incidente que
ocasionó Rodrigues, uno de sus primeros compañeros. Este había fundado la
provincia de Portugal, llevándola a un alto grado de florecimiento y
prosperidad en poco tiempo. Sin embargo, sus procedimientos no fueron del
agrado de Ignacio, y cuando nuevos hombres de Ignacio, a quienes él mismo
había formado, iban a Portugal, las diferencias saltaban al instante.
Ignacio tuvo que intervenir, pero Rodrigues desgraciadamente tomó partido
en contra de los enviados de Ignacio. Las consecuencias de estos problemas
en esta provincia recién formada fueron desastrosas: casi la mitad de sus
miembros tuvieron que ser expulsados antes de que la paz fuera
restablecida, pero Ignacio no dudó en hacerlo. Rodrigues, que había sido
llamado a Roma, con el nuevo provincial con autoridad para expulsarlo,
exigió un juicio formal, algo que Ignacio previendo los resultados intentó
evitar. Dada la insistencia de Simón, se le concedió un juicio formal,
cuyos procedimientos están impresos, y en el que se le condenó, por
unanimidad, a penitencia y destierro de la provincia (Scripta etc., pp.
666-707).
De todos sus trabajos
en Roma, los que realizó con mayor cariño, según se ve por su
correspondencia, fueron la fundación del Colegio Romano en 1551, y la del
Colegio Alemán en 1552, haciendo para las mismas, y hasta el momento de su
muerte, toda clase de sacrificios. El éxito de la primera se aseguró
gracias a la generosidad de San Francisco de Borja, antes de que ingresara
a la Compañía. La fundación de la última, atravesaba aún un periodo de
luchas y dificultades al morir Ignacio, pero la viabilidad y utilidad del
plan que había concebido también la llevó al éxito.
Los últimos años de su
vida estuvieron consagrados en parte al retiro y la oración, absorbiéndole
la correspondencia, que necesariamente había de llevar en el gobierno de
la Compañía, el resto del tiempo que él hubiera con gusto empleado en el
ministerio apostólico. Su salud empezó a flaquear. En 1551, con ocasión de
congregarse los Padres más antiguos con objeto de revisar las
Constituciones, puso en sus manos su dimisión al generalato, pero a ello
se opusieron sus compañeros. En 1554 el padre Nadal fue nombrado Vicario
General, siendo necesario muchas veces enviarlo al extranjero para que
actuara como su representante, quedando hasta el final Ignacio, con la
ayuda del padre Polanco, dirigiéndolo todo.
En el verano de 1556 el
santo sufrió un ataque de fiebre romana. Sus doctores no previeron ninguna
consecuencia seria, pero el santo sí lo hizo. El 30 de julio pidió los
últimos sacramentos y la bendición de Su Santidad, a pesar de decir los
facultativos que el peligro de muerte no era inminente. A la mañana
siguiente su enfermero le halló tendido en cama, entretenido en pacífica
oración, por lo cual no se dio cuenta de que el santo estaba expirando.
Cuando se dio cuenta de su estado de salud, le fue dada la última
bendición, pero el tránsito le llegó antes de recibir los sagrados óleos,
falleciendo así el 31 de julio de 1556.
Aunque Ignacio murió al
cabo de solo dieciséis años de fundada la Compañía, esta contaba ya con
aproximadamente mil miembros y cien casas religiosas distribuidas en diez
provincias religiosas.
La vida interior de
Ignacio había sido profunda y estaba constantemente en la presencia de
Dios. Conforme narra él mismo en su autobiografía, cada vez que quería
encontrar a Dios él lo encontraba haciendo un poco de recogimiento. Tenía
visiones, repetidamente, sobre todo cuando se trataba de decidir un asunto
importante de la Compañía, o cuando redactaba sus Constituciones. Esas
visiones le eran constantes también cuando celebraba la Misa.
Su ropa fue siempre
pobre y sin galas, pero limpia y aseada, porque, si bien amaba la pobreza,
nunca le agradó la poca limpieza.
San Francisco Javier,
le tenía tanta veneración ya en vida, que muchas veces le escribía de
rodillas. Constantemente afirmaba: “El padre Ignacio es un gran santo”. En
los peligros y tempestades invocaba su nombre, llevando al cuello como
protección, junto a sus votos de profesión, una firma del padre Ignacio.
Laínez, otro de los grandes discípulos de Ignacio y su sucesor en el
generalato de la Compañía, también lo veneraba como santo, del mismo modo
que San Francisco de Borja, más tarde tercer Superior General de la
Compañía.
Fue beatificado por
Pablo V, junto con San Francisco Javier, el 27 de julio de 1609, y
canonizados ambos por Gregorio XV, el 22 de mayo de 1622.
Sus restos descansan en
Roma, debajo del altar diseñado por Pozzi, en la Iglesia del Gesú, obra de
Vignola terminada por Giacomo della Porta, en uno de los más lujosos
altares y retablos de toda la cristiandad, mientras a su frente, en otro
magnífico altar, se venera el brazo incorrupto de San Francisco Javier. |